En Lima del siglo XIX fueron numerosos y muy reputados los constructores extranjeros en la ciudad. Aunque hoy tenidos en el olvido, sus servicios fueron requeridos por el Estado, instituciones públicas o comitentes influyentes para la planificación de nuevas edificaciones en la capital. Muchos de ellos habían arribado al país por dos razones fundamentales. La primera, tras el crecimiento económico suscitado durante la Era del Guano (1845-1879) que permitió llevar a cabo importantes obras edificatorias en el país. La segunda, en respuesta al llamado del Estado a fin de encargar la dirección de proyectos públicos a profesionales egresados de las academias europeas, testigos inmediatos de la modernización de sus naciones.
Junto a nombres como Eduardo de Brugada, Paul Chalon, Teodoro Elmore, Antonio Leonardi, Manuel Julián San Martín, Miguel Trefogli, entre otros constructores activos en Lima en la década de 1870, aparece el del ingeniero galo Nicolás Mequer. Nacido en Francia hacia 1837, Mequer es conocido en la bibliografía actual por haber dirigido los trabajos de instalación del monumento conmemorativo a la victoria del combate del 2 de mayo de 1866, obra proyectada por los franceses Edmundo Guillaume y Louis-Léon Cugnot. Las noticias antes de su arribo a Lima son casi inexistentes. Por una nota en el diario Le Pays de París, se sabe que estudiaba en 1862 en la Escuela Imperial Especial de Diseño y de Matemáticas. Año en el que recibió varios premios por sus trabajos de estudio.
Mequer arribó a Lima por la fecha en la que llegaron las piezas del monumento al Dos de Mayo. Posiblemente cercano a los proyectistas franceses, fue designado para inspeccionar el emplazamiento y los trabajos de construcción del monumento conforme a los planos finales. Además, debió estar presente en la ceremonia de colocación de la primera piedra realizada el 2 de mayo de 1873. Como director de la obra, su labor duraría casi quince meses hasta la inauguración ocurrida el 29 de julio de 1874. Su nombre quedaría grabado en uno de los relieves del pedestal de la columna: “Erigido en Lima por el ingeniero — arquitecto D. Nicolás Mequer”. Al poco tiempo se pierde todo rastro de su actividad en el Perú.
Es posible pensar que, al igual que otros constructores itinerantes como Paul Chalon, Mateo Graziani o Antonio Leonardi, Mequer optó por retornar a Europa o trasladarse a otros países de la región. Sin embargo, en 1876 se le halla en Lima usando indistintamente los títulos de ingeniero o arquitecto. Su permanencia en la ciudad coincidía en un momento en el que se agudizaba la crisis económica del país y el periodo de aparente prosperidad que había significado la Era del Guano llegaba a su fin. Pese a estas circunstancias, Mequer logró, hacia 1875, ocupar el cargo de ingeniero del Concejo Departamental de Lima. Desde allí se encargó de la evaluación y supervisión técnica de las nuevas obras a erigir en la jurisdicción local, además de encargarse de la formulación de proyectos edificatorios.
En 1878 diseña una ambiciosa obra. A partir de la necesidad de contar con una nueva plaza de abastos para Lima, Mequer proyecta la edificación de un mercado central. Esta vez la obra debía ser erigida en una gran explanada sobre el cauce del río Rímac. En un principio el Concejo recibió propuestas de arquitectos como Eduardo Brugada, Egidio Piantanida y Pablo F. Chalón, pero los dibujos de Mequer son los únicos que se conocen para la proyectada construcción. Esta debía levantarse sobre doce mil metros cuadrados de los aires del río. Para el diseño del mercado, se inspiró en Les Halles de París, provistas de unas naves de acceso más altas que sus laterales. La construcción, que debía ser de hierro y ladrillo, tendría dos pisos y abogaba por un estilo arquitectónico ecléctico.
El diseño de Mequer presenta el ingreso principal del mercado provisto de una gran reja de hierro en el primer nivel y una ventana bajo un arco de medio punto en el segundo. Sobre este un remate rectangular llevaría un reloj y hermosas decoraciones en hierro. El resto de la fachada tendría amplias puertas con arcos escarzanos y ventanas rectangulares a lo alto. Por último, la fachada luciría columnas altas de fierro, arcos, frontones, decoraciones vegetales y el uso, posiblemente, de ladrillos de colores. El dibujo, aunque no es el único que se le conoce, es el que mejor se articula con los trabajos de otros arquitectos, ingenieros y constructores en los últimos años de la Era del guano.
Al sobrevenir la guerra con Chile (1879-1883) muchos constructores extranjeros emigraron del país, pero otros, que habían logrado formar un núcleo familiar en la ciudad, permanecieron en ella durante la Ocupación (1881-1883). Al parecer este fue el caso de Mequer quien se unió hacia 1878 a Reinalda Martínez y de quien le nacería un hijo. Sin embargo, no se sabe en qué circunstancias, el ingeniero fallecería en pleno conflicto. La lápida funeraria hallada en el Cementerio Presbítero Maestro da cuenta de su deceso el 2 de enero de 1882 dans sa quarante-cinquieme anne, a la edad de cuarenta y cinco años.
Como Mequer, muchos arquitectos y constructores en Lima lograron un posicionamiento en la sociedad limeña del siglo XIX a partir de su vinculación con importantes obras públicas. El prestigio que le dio erigir un monumento, de cobertura internacional, como el del Dos de Mayo o asumir el cargo de Ingeniero del Concejo Departamental le garantizaron reconocimiento social. Aun así, debió afrontar las circunstancias políticas y económicas surgidas en el contexto histórico peruano. Mequer, en su corto periodo de actividad en Lima, fue un claro ejemplo de la trayectoria que debieron seguir constructores extranjeros en el país y que, lamentablemente, aún permanecen desconocidos.
Pablo Cruz